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La posición geográfica de Panamá, que la convierte en un puente entre continentes y enlace entre los dos más grandes océanos del mundo, ha dejado su huella en el crisol de razas que caracteriza el perfil paquistaníes; ingleses, franceses, españoles y escandinavos; afroantillanos, colombianos, argentinos, mexicanos, todos han dejado huella en nuestro devenir gastronómico: la cuidad de Panamá se perfila, cada día más, como la punta de lanza de la gastronomía latinoamericana.

Históricamente, la rica tradición portuaria de Panamá ha atraído a este pequeño istmo a empresarios y chefs de todos los puntos cardinales. Además, como país tropical, Panamá no es productor de vinos. Este hecho, aunado a una virtual ausencia de aranceles para la importación de vinos y licores, ha otorgado al panameño una sofisticación y conocimientos del mundo del vino, no vistas en sus países vecinos debido al alto tributo suntuario.

Por ellos, el panameño esta acostumbrado a beber fermentos y destilados de alcurnia, y la diversidad de vinos del mundo y consumo per cápita convierten a nuestro país en tierra fértil para los productos e importadores de comidas y bebidas. Los proyectos de la nueva administración política contemplan la creciente expansión del turismo histórico, ecológico, de negocios y de recreo, con lo que Panamá se perfila nuevamente como núcleo turístico de América Latina, posición que perdiera a Miami a causa de la lucha contra la narcodictadura y que terminó con la misma en 1989. Panamá renace y retorna en posición como centro de las Américas.
 
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